«Tanto que no existe en la faz de la tierra, tanto que no puede satisfacerlos, y así, por sus expectativas, quedan siempre decepcionados.»

Nerón, el poeta sangriento

DEZSŐ KOSZTOLÁNYI

Traducción de

Eszter Orbán y José Miguel González Trevejo

[n] 2021  

ISBN 978-84-121975-2-5

424 páginas

22,00 €

Nerón, el poeta sangriento (1922) retrata la vida del emperador Nerón, el poeta diletante que en vano aspira a captar la belleza y, frustrado, se convierte en preso de sus oscuros instintos y en un déspota sanguinario.

Kosztolányi presenta de forma magistral un cuadro vivo de la antigua metrópoli de ese período, así como de la sociedad de la época, al mismo tiempo que retrata de forma escalofriante el dramático cambio psicológico del emperador de un joven ingenuo en un déspota cruel, tratando de manera lúcida un tema eterno y siempre actual: cómo el poder es capaz de pervertir a una persona, y cómo el fracaso personal puede conducir a la tragedia en toda una sociedad. 

Autor

Dezső Kosztolányi (1885-1936), nacido en el seno de una familia de intelectuales de provincia, en 1903 se instaló en la capital magiar para estudiar en la Universidad de Budapest, donde entabló amistad con Mihály Babits, quien, más tarde, le llamó su «hermano espiritual», ya que ambos tenían en común una veneración religiosa por la forma. Finalmente, a los veintiún años abandonó sus estudios para dedicarse al periodismo, una labor que sería constante a lo largo de su vida.

 

En 1907 publicó su primer volumen de composiciones líricas (Entre cuatro paredes) pero no fue hasta 1910 cuando obtuvo su primer gran éxito con Los lamentos del pobre niño —un trabajo que le valió el reconocimiento unánime de sus contemporáneos—, en el que aparecen ya las características esenciales de su escritura: el amor hacia las pequeñas experiencias de la vida cotidiana, y un encantador intimismo. Por entonces, también estaba entre los colaboradores de Nyugat, revista emblema de la modernidad literaria en Hungría. El éxito de su obra se debió en gran medida a su actitud inquieta y a su experimentación lúdica y creativa con el lenguaje. Sándor Márai afirmó en una ocasión que «todo lo que Kosztolányi escribía era invariablemente perfecto». En sus obras poéticas posteriores (Concierto otoñal, Magia, Amapola, Pan y vino, y, sobre todo, Los lamentos del hombre triste, 1924, y Desnudo, 1928, que representan la etapa de su plena madurez) añade el sentimiento de la soledad del hombre extraviado en la selva de la metrópoli, un humorismo sutil, levemente grotesco, un temor creciente de la muerte, y un afecto cada vez más tierno hacia el mundo exterior.

 

En sus novelas, Kosztolányi sigue poco más o menos un método idéntico; y así, no emplea los acostumbrados recursos del género psicológico, sino que el foco se centra en las ya comentadas pequeñas vivencias de lo cotidiano (Nerón, el poeta sangriento, Anna Édes o Alondra), destacándose en este sentido sus relatos en torno a la figura de Kornél Esti. Su prosa fluida, flexible, animada y cristalina, formó escuela. Muchos de sus cuentos, ensayos y bocetos aparecieron por vez primera en Nyugat o en las columnas de Pesti Hírlap, en la que colaboraba desde 1921. También al virtuosismo de Dezső Kosztolányi debe la literatura húngara gran parte de las más bellas traducciones de clásicos (Shakespeare, Rilke, Calderón, Molière, Goethe) y de poetas modernos occidentales y orientales.

 

Amante de la familia y trabajador infatigable, su vida fue recogida y regular. La vida del escritor llegó a su fin el 3 de noviembre de 1936, después de una larga y dolorosa enfermedad, cuando un cáncer de paladar le ganó la batalla.

 

Kosztolányi ha ejercido una vasta influencia, singularmente en el aspecto estilístico, sobre los escritores húngaros contemporáneos.

Marginalia

No es la voluntad, sino el furor

 

Múnich, 4 de junio de 1923

 

Estimado Kosztolányi:

Con emoción acabo su manuscrito, esta novela del emperador y del artista, porque con este texto ha, con su poderoso y delicado talento, cumplido o incluso superado las expectativas despertadas desde la publicación de los relatos de Die magische Laterne. Su ascenso difícilmente puede sorprender a aquellos que ya han disfrutado leyendo sus primeros trabajos. Pero de todos modos, me gustaría describir su Nerón como sorprendente, agregando que en mi mente esta palabra, cuando se trata de creación artística, es un gran cumplido. Esto significa que esta obra es más que un simple producto de la cultura húngara o europea; lleva claramente la impronta del atrevimiento personal, proviene de una soledad valiente, toca nuestras almas por su fuerte originalidad y por una humanidad tal que nos duele a fuerza de ser verdad. Esta es la esencia de la poesía y su poder. El resto es solo academicismo, máxime si pretendemos ser revolucionarios.

Nos ha regalado, en esta forma apacible que le es habitual, una obra libre, llena de ardor, de cierta manera inesperada, que refleja la vida de la época que ha estudiado con detenimiento sin buscar ni un segundo los efectos teatrales, sin traicionar ni un segundo la erudición arqueológica, porque todo es natural y se da por sentado. Aquellos a quienes usted ha puesto en escena bajo la forma de personajes históricos son seres humanos, cuya interioridad se abre a los abismos más profundos.

En esta novela de doloroso diletantismo hasta la sangre, comparte con nosotros sin vergüenza y malicia todos sus conocimientos sobre el arte y la vida de un artista, y al hacerlo se sumerge en el abismo, junto a toda la melancolía, a todo el horror y a todo el ridículo de la vida. Ironía y conciencia: los dos elementos son uno, y este es el fundamento de la poesía. Nerón a menudo es salvaje, desproporcionado, grandioso en sus desesperados fracasos; pero como personaje, coloco por encima de él a Séneca, ese poeta cortesano, sofista del autodominio que, sin embargo, fue un verdadero sabio, un gran hombre de letras, y cuyas últimas horas me han abrumado, como pocas cosas en el arte o en la existencia. Igualmente magnífica es la escena en la que el filósofo y el emperador se leen sus poemas y se mienten recíprocamente el uno al otro. Pero esta escena no se puede comparar con esta otra, toda impresa de una profunda melancolía, y que es la que prefiero en la obra, aquella en la que Nerón, en su creciente furia y martirio, herido en el fondo de su ser, intenta en vano ganarse la confianza fraternal de Británico, que posee la Gracia y el Secreto, que es poeta y que, con ese egocentrismo extraño y tranquilo, peculiar de los artistas, rechaza con indiferencia al violento e impotente emperador, empujándolo a su fin. Sí, es hermosa, es magnífica, es magistral. Y hay muchas cosas de este nivel en la novela que atestiguan su especial familiaridad, no solo con las profundidades del alma, sino también con la vida en sociedad: con un simple gesto, sin esfuerzo, hace surgir escenas e imágenes de la vida de la antigua metrópoli que expresan críticas sociales particularmente notables.

Estoy feliz, querido Kosztolányi, de poder ser uno de los primeros en enviarle mis mejores deseos para este maravilloso trabajo. Siguiendo a todos estos escritores que, desde Petőfi y Arany hasta Ady y Móricz Zsigmond han hecho tanto por el prestigio de las letras húngaras, aporta una nueva distinción y, mejor aún, une su joven nombre a la lista de los que construyen la vida del espíritu y la cultura europeos.

Suyo cortésmente.

 

Thomas Mann

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